¿Qué es Huna?, 1era parte

Hu’ea pau ‘ia e ka wai
Todos rodeados por el agua que corre con fuerza
(Todo se revela, no se guardan secretos)

 

En las islas del Pacífico Sur, influidas por un mundo de mar y arena, volcanes y palmeras, huracanes y brisas suaves, existe un sendero vital extraordinario en ocasiones llamado «El Estilo Aventurero». Es un sendero ancestral tan poderoso y tan práctico que en los tiempos modernos funciona tan bien como lo hizo en el pasado remoto. Este estilo está basado en una filosofía polinesia llamada Ka Huna, que significa «El Secreto».

Sin embargo, antes de describirla en detalle lo mejor es «hablar de la historia», como dicen los hawaianos, a fin de introducir las ideas que conforman la base de huna.

Lo nuevo es viejo y lo viejo es también nuevo

Corre el año 207 d.C. y un hombre de mediana edad, vestido con una túnica de un blanco inmaculado hecha de corteza vegetal, se acuclilla en un afloramiento de roca volcánica de cara al océano. De una bolsita de rafia saca una piedra desgastada y tallada parecida a un pez, y la deja en la lava negra. Habla a la piedra con una voz vibrante y de cántico, moviéndola en diversas direcciones en respuesta a algún impulso interno del que sólo él es consciente. Por fin, deja de salmodiar, se relaja y sonríe hacia el fragmento de piedra que ahora señala hacia las montañas que tiene a sus espaldas. Acto seguido se levanta y grita a los pescadores que han estado a la espera:

 «¡Preparad las redes! Vendrán peces en abundancia cuando el sol toque el kahiki-ku (el cielo de arriba) avanzada la tarde».

Corre el año 2007 y una joven con traje de chaqueta entallado se dirige a una reunión importante. Con el cinturón de seguridad abrochado y cómodamente sentada en el asiento de ventanilla del jet 777, hojea la revista de la compañía aérea para pasar el rato. De pronto deja la revista, consciente de un acontecimiento que va tomando forma a su alrededor.

Instantes después el avión da bandazos al atravesar una zona de turbulencias, se encienden las luces que advierten de la conveniencia de abrocharse los cinturones de seguridad y la voz del capitán anuncia que todos permanezcan en sus asientos, porque les esperan turbulencias considerables. La mujer inspira hondo con tranquilidad y despliega su espíritu más allá de los límites del avión. Allí funde sus energías con las del viento, le habla con dulzura y lo serena con su mente. En menos de dos minutos toda turbulencia ha cesado, por lo que desvía la atención del viento y vuelve a su revista.

Estas dos personas, separadas en el tiempo por casi dos mil años y viviendo en culturas radicalmente distintas, tienen en común algo importante: ambas practican huna y han aprendido a integrar sus siete principios básicos en sus vidas cotidianas.

  • El primer principio:

El mundo es lo que crees que es.

De entrada, el hombre y la mujer del ejemplo anterior han aprendido que el mundo responde a sus pensamientos con absoluta naturalidad. Su experiencia personal es, de hecho, un reflejo exacto de cómo creen que es (ni más ni menos que un sueño).

Como practicantes de huna saben que este sueño que llamamos realidad física lo producen las creencias, las expectativas, las intenciones, los miedos, las emociones y los deseos. Para cambiar el sueño, emplean el primer principio de huna para modificar las «mentalidades» a voluntad, a fin de provocar unos efectos concretos bajo diversas condiciones.

  • El segundo principio:

No hay límites.

Este principio de huna establece simplemente que en realidad no hay límites, no hay ninguna separación real entre los seres. El hombre antiguo era capaz de comunicarse con la piedra y a través de ésta con los peces del océano. Y la mujer moderna pudo dejar su cuerpo en el asiento para fundirse con el viento y luego volver sin la menor dificultad. Creer que no hay límites es una forma de concederse a uno mismo una enorme libertad, pero su consecuencia es la responsabilidad absoluta sobre las acciones y reacciones propias.

  • El tercer principio:

La energía fluye hacia dónde va la atención.

En el tercer principio, la energía fluye hacia dónde va la atención, una poética forma de decir que concentrar la atención en algo produce una concentración de energía conectada con el objeto de atención, sea físico o no. Y la energía así concentrada producirá un efecto creador según la naturaleza de los pensamientos que acompañan la atención. El hombre que estaba en la falda de roca volcánica se concentró en los peces con la intención de influir en su dirección por el bien de la comunidad, y la mujer del avión lo hizo en el viento con el propósito de eliminar las turbulencias para su tranquilidad y la del resto de pasajeros.

  • El cuarto principio:

El momento del poder es ahora.

Tanto el hombre como la mujer del ejemplo actuaron de acuerdo con el cuarto principio de huna, sabiendo que el poder existe únicamente en el momento presente.

Sin embargo, también sabían que este momento presente es tan dilatado como su atención consciente presente. Así pues, su noción del tiempo es totalmente distinta a la de la típica persona de hoy día. Como no se puede actuar en el pasado ni el futuro, uno no debería desperdiciar el tiempo en remordimientos pasados ni preocupaciones futuras, pero, a su vez, desde el momento presente uno puede cambiar tanto el pasado como el futuro.

  • El quinto principio:

Amar es estar feliz con.

Uno de los descubrimientos más trascendentales y profundos de aquellos antiguos que crearon la filosofía huna es que el amor es la mejor herramienta para una actuación eficaz. La palabra hawaiana para amor es aloha, y su significado inherente es «ser feliz con alguien o algo y compartir esta felicidad». En este sentido, el amor es tanto una actitud como una acción. Así que el amor no es sólo un sentimiento o un comportamiento, sino también un medio para el cambio. Para el practicante de huna, el amor es un poder espiritual que aumenta a medida que el juicio y la crítica disminuyen. Una intencionalidad verdaderamente amorosa es la fuerza espiritual más poderosa que el mundo puede conocer. El practicante de huna expresa el amor en forma de bendición, alabanza, reconocimiento y gratitud. La separación reduce el poder y el amor reduce la separación, aumentando, por consiguiente, el poder. El hombre antiguo estableció contacto con los peces a través del amor, al igual que la mujer moderna contactó con el viento.

  • El sexto principio:

Todo el poder procede del interior.

El sexto principio enseña que, en realidad, todo el poder proviene del interior. Ni el hombre ni la mujer del ejemplo invocaron la ayuda de ninguna fuerza externa para sus tentativas. Su poder no procedía de su personalidad ni de su individualidad, sino de la chispa divina común que saben que es la fuente de su propio ser. El poder y la energía de esta fuente son infinitos, están en contacto con todo lo demás, siendo una parte integral de la Fuente Primordial (o el nombre que sea que uno decida ponerle).

Dado que esta fuente está tanto dentro como fuera y nunca nos separamos de ella, sólo tenemos que buscarla en nuestro interior.

  • El séptimo principio:

La eficacia es el indicador de la verdad.

Como eran sumamente prácticos, los antiguos practicantes de huna desarrollaron este principio sumamente práctico de que la eficacia es el único indicador válido de la verdad. La verdad absoluta llevada a su extremo lógico se traduce como «todo es». Dado que a nivel humano esto difícilmente resulta útil, el practicante de huna mide la verdad preguntando: «¿Esto funciona?», y se siente, por tanto, libre para cambiar mentalidades, alterar sistemas de creencias y crear o modificar técnicas a fin de lograr los mejores resultados en una situación determinada. ¿Fue verdad que el hombre antiguo habló realmente con la piedra y que ésta le contestó? Sí, porque los peces aparecieron. ¿Fue verdad que la mujer se fundió realmente con el viento y lo serenó con la mente? Sí, porque las turbulencias cesaron. Para el practicante de huna, causa y efecto no son lo mismo que para la persona de a pie de la sociedad moderna.

Serge Kahili King

(Continuará)

 

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