Poder y determinación

La filosofía huna y el poder personal están conectados de forma inextricable; así pues, examinemos más de cerca ese importante concepto. Una mejor comprensión del poder te permitirá usarlo del modo más eficaz y con la mayor determinación.

La esencia del poder es la influencia. La influencia te permite hacer con eficacia lo que quieres hacer, conseguir los resultados deseados y hacer que los demás den el paso de ayudarte. La influencia incide en el poder ajeno aun cuando no sea deliberadamente.

Todo tiene poder con aspectos tanto activos como pasivos. Una flor tiene el poder activo de crecer, florecer y reproducirse. Es posible que tenga también el poder pasivo de alimentar a una abeja o dar placer a un humano, cosas ambas que aumentan su poder activo para crecer y reproducirse. Quizá tengas el poder activo de realizar cierta tarea y también el poder pasivo de inspirar con ella a otras personas.

Hay diversos tipos de poder:

1.- El poder de la energía (por ejemplo, de los elementos, la fuerza, las emociones, las vibraciones).

2.- El poder del favor (por ejemplo, de dar o no conceder dinero, posición, prestigio, afecto, castigo, protección, placer, etcétera).

3.- El poder de la intimidación (por ejemplo, la amenaza/acto violento o pérdida, manipulación emocional, etcétera).

4.- El poder del conocimiento (por ejemplo, la habilidad, la información, la sabiduría).

5.- El poder de la autoridad (por ejemplo, la confianza en uno mismo o la seguridad de poder acceder a otro poder).

6.- El poder de focalizar (como la decisión, la determinación, la motivación y el deseo).

7.- El poder de creer (como las suposiciones, actitudes y expectativas).

El poder personal es el poder de dirigir la propia vida de uno y asumir las consecuencias de ello. Todos usamos el poder personal hasta cierto punto, y la mayoría de nosotros aceptamos nuestra responsabilidad cuando éste funciona como queremos. Sin embargo, un número relativamente pequeño de personas quiere hacerse responsable cuando no funciona bien, y relativamente muchas prefieren traspasar a alguien más la autoridad para dirigir sus propias vidas. «Cuida de mí» parece un lema más popular que «Ayúdame a cuidar de mí mismo». «No es culpa mía» es una muletilla más común que «Cambiaré».

El poder personal no afecta únicamente al individuo; es posible que tenga también consecuencias sociales y económicas. Tomemos el ejemplo de los misioneros incidiendo en la cultura hawaiana; pese a que a los primeros misioneros de Boston se les ha culpado de muchos de los problemas sociales, políticos y culturales que ha padecido el pueblo hawaiano, al menos una de sus políticas contribuyó a muchos de los éxitos de los hawaianos en esas mismas áreas.

Cuando en 1820 llegaron por primera vez los misioneros a Hawái, lo primero que intentaron fue convertir el hawaiano en una lengua escrita. Los jefes del momento sabían, debido a sus interacciones con los exploradores y mercaderes occidentales, lo valiosas y poderosas que eran la lectura y la escritura, pero quisieron restringir el alfabetismo a la aristocracia. Los misioneros, sin embargo, insistieron en que, o aprendían todos a leer y escribir, o no aprendería nadie. Naturalmente, la motivación principal de los misioneros era permitir que leyese la Biblia el mayor número posible de hawaianos, pero después de que los jefes diesen permiso, la divulgación de la lectura y la escritura fue imparable. Durante bastante tiempo, Hawái se convirtió en la nación más alfabetizada del mundo, con más de ochenta periódicos independientes creados en hawaiano solamente en Honolulú. Tal vez la consecuencia más valiosa y duradera de proporcionar al pueblo hawaiano el poder personal de leer y escribir fuera la conservación de logros culturales hawaianos que, de otro modo, se habrían perdido para siempre.

El poder sin un propósito carece de sentido, y ningún objetivo puede alcanzarse sin poder. Cuanto más grande es el objetivo, mayor es el poder, pero a la inversa no funciona. No puedes acumular primero un poder tremendo y luego disponerte a aplicarlo a un gran objetivo. Es el objetivo el que expande el poder. Cuando el poder se emplea en aras del bien de muchos, la persona que lo ejerce es recordada eternamente con cariño. El rey más famoso de Kauai fue Manokalanipō. Según Abraham Fornander, un investigador de la historia hawaiana, Manokalanipō «fue valorado por la energía y sabiduría con que impulsó la agricultura y la industria, y realizó un proyecto de irrigación largo y complejo, lo que llevó el cultivo a los páramos. Ninguna guerra externa perturbó su reinado y las leyendas lo recuerdan como la época dorada de esa isla». Para Manokalanipō su poder tenía un propósito, y por ello es venerado y honrado incluso hoy día.

Es normal utilizar el poder para una autosatisfacción inmediata. Lo hacemos cada vez que actuamos para aumentar nuestra comodidad, placer o eficacia. Ir de tiendas es una expresión del poder personal, al igual que ir en coche, jugar a algún juego o hacer el amor, pero el grado de influencia (y, por tanto, el nivel de poder) manifestado en esos actos es relativamente pequeño. Cuando incluimos a otros en nuestra expresión de poder personal, ayudándolos a incrementar su influencia, nuestro propio poder aumenta. Todos los grandes líderes religiosos, políticos, militares, económicos o sociales han llevado, consciente o inconscientemente, esta idea a la práctica. Asimismo, la mayoría se ha topado con dos problemas fundamentales basados en una mala interpretación del poder.

El primer problema consiste en asociar erróneamente el poder con el control. Este error, cometido con frecuencia, es la razón principal por la que a mucha gente le da miedo el concepto de poder en general. De hecho, el control no es más que una técnica para ejercer influencia, y no muy buena. Para ser eficaz, el control requiere la amenaza o la certeza de un castigo, y la respuesta a eso es siempre el miedo y la ira. En consecuencia, el empleo de la técnica del control produce una resistencia natural a la misma. Considerando superficialmente una situación, es posible que la técnica de control parezca efectiva, ya sea en el seno familiar o en un Estado policial, pero la resistencia subyacente funciona constantemente para anularla.

Incluso aunque la situación se prolongue durante muchos años, la técnica de control producirá una consecución pésima de los resultados deseados. Más adelante ahondaré en esto.

El segundo problema es utilizar el poder contra algo. Ejercer influencia induce al cambio, pero el universo tiene una resistencia férrea al cambio que ayuda a impedir que caiga en el caos. En toda forma de vida podemos ver una interacción constante entre las fuerzas del cambio y la resistencia a esas fuerzas. La tierra se resiste a los poderes del agua y el viento, los cables se resisten al movimiento de electricidad a través de ellos y la gente se resiste a reformas políticas que no le gustan. Asimismo, vemos intentos constantes para reducir la resistencia a fin de facilitar el cambio, como el recorrido que realiza la lava líquida; la forma de una gota de lluvia, que hace que se mueva en el aire con más facilidad; la estructura de la fronda de una palmera, que posibilita que pase más viento por entre sus foliolos sin causar daño; la fuerza de un elefante, que le permite derribar árboles que le obstaculizan el paso; las líneas aerodinámicas de un avión, que reducen la resistencia del viento, y la modificación de un estilo de vida para adoptar cambios según las circunstancias.

Muy pocas veces vemos que el poder se emplee sistemática y determinadamente para deshacerse de algo, excepto entre los humanos. Algunas personas no se conforman con desarrollar su propio sistema religioso o político; tienen que hacer que el suyo sea el único y destruir el resto. Hay quien no quiere competir y quiere eliminar la competencia. El uso del poder para combatir, someter o destruir deliberadamente otro poder genera un estrés tremendo que sólo debilita ambas fuerzas.

El «poder sobre» o el «poder contra» son empleos ineficientes del poder. Un uso mucho más eficaz es el «poder para», que es intrínsecamente creador. Los dos primeros son intrínsecamente destructivos. En ocasiones, la diferencia es tan sutil como un cambio de actitud, pero los resultados pueden diferir enormemente. Por ejemplo, considerar la enfermedad como un enemigo o como una conducta son dos enfoques curativos muy diferentes. Si una enfermedad como el cáncer es percibida como un enemigo, entonces el tratamiento puede adoptar un enfoque bélico, con soluciones drásticas como la cirugía, las radiaciones y los fármacos como armas para ganar la batalla. Además, cualquier tratamiento que carezca del poder para eliminar o destruir el cáncer, o para revelar sus secretos, es descartado por irrelevante, en el mejor de los casos, o como un fraude en el peor. Por otra parte, percibir el cáncer como una conducta, o una consecuencia conductual, lleva a la idea de que cualquier tratamiento que cambie el comportamiento del cuerpo, la mente o el entorno puede ser útil, y de que hasta podría incluir tratamientos que son armas según el enfoque de la enfermedad como un enemigo. La principal diferencia es que la actitud bélica produce un estrés en el cuerpo, la mente y el entorno mucho más resistente que una actitud de pacífico cambio conductual. El resultado de eso, como es lógico, es que en el segundo caso se aplica realmente más poder a la curación y se necesita menos para vencer la resistencia. Éste es simplemente un aspecto de la física de la energía. Dicho sea de paso, la curación hawaiana siempre ha estado orientada hacia la relajación y el fortalecimiento de cuerpo, mente y espíritu, y nunca hacia la lucha o eliminación de la enfermedad.

En la naturaleza vemos abundantes ejemplos de rocas, plantas y animales que siguen el sendero de la resistencia mínima. También lo encontramos en los humanos, junto con lo que parece ser la práctica de seguir el sendero de la resistencia máxima.

Sin embargo, el sendero de la resistencia mínima puede que salte tanto a la vista que para reconocerlo haga falta un cambio de actitud radical. Aparentemente, una brizna de hierba tiene el poder de penetrar en una placa de cemento, pero es evidente que no tiene fuerza para realizar esta hazaña. Aunque tal vez no se trate en absoluto de penetrar en el cemento. Quizá, utilizando el principio de que la energía fluye hacia dónde va la atención, se trate de que la brizna focalice toda su atención para enviarla al sol e ignore totalmente el cemento. Tal vez, ante un amor semejante el cemento simplemente se abra para dejar que penetre. Y tal vez esta misma idea se aplique a nuestras vidas humanas. Es decir, que tal vez el sendero de la resistencia mínima sea el sendero del amor. De ser así, entonces nos da más poder y una mayor determinación mantener nuestra atención en lo que queremos y no en lo que no queremos; menos en lo que odiamos y tememos, y mucho más en lo que percibimos como el bien supremo.

Serge Kahili King

 

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