Cuando tu felicidad depende de lo que otras personas hagan o dejen de hacer, estás atrapada

Salomón es un búho que está en un bosque en el pueblo de Sara y los textos que iré extrayendo de “El libro de Sara” son conversaciones que ellos dos tienen, reflexiones que nos pueden ayudar a encontrar más Paz y Armonía en nuestras vidas.

– Hola, Salomón – saludó Sara en un tono inexpresivo, colgando su cartera del poste de la cerca junto al búho.  

Buenos días, Sara, Hace un día espléndido, ¿no crees?

– Supongo que sí respondió Sara distraídamente, sin percatarse, pues le tenía sin cuidado, de que el sol lucía de nuevo. Después de aflojarse el nudo de la bufanda, se la quitó y la guardó en el bolsillo.  

Salomón aguardó en silencio a que Sara pusiera en orden sus ideas y le lanzara su acostumbrada andanada de preguntas, pero ese día la niña se mostraba extrañamente taciturna.  

– No lo entiendo, Salomón – dijo por fin Sara.  

¿Qué es lo que no entiendes?  

No entiendo de qué sirve que yo aprecie las cosas.  No veo que me haga ningún bien ni a mí ni a nadie.

¿A qué te refieres?  

– Había empezado a pillar la onda. Llevo toda la semana practicando. Al principio me costó bastante, pero luego me resultó más fácil. Hoy, lo apreciaba todo hasta que llegué a la escuela y vi a Lynn y a Tommy metiéndose otra vez con el pobre Donald.  

¿Y qué ocurrió?  

– Que me enfadé. Me enfadé tanto que les grité.

Quería que dejaran a Donald en paz, para que pueda ser feliz. He vuelto a meter la pata, Salomón. Me uní a su cadena de dolor. No he escarmentado. Odio a esos chicos, Salomón. Son asquerosos.  

¿Por qué les odias?  

– Porque me han amargado un día perfecto. Me había propuesto apreciar a todas las personas y los objetos que viera hoy. Cuando me desperté esta mañana, aprecié mi cama, mi desayuno, a mis padres e incluso a Jason. De camino a la escuela vi muchas cosas que aprecié, pero esos chicos lo han estropeado todo, Salomón. Han conseguido que vuelva a sentirme mal. Como antes de que aprendiera a apreciar las cosas.   

No me extraña que estés enfadada con ellos, Sara, pues has caído en una trampa terrible. La peor trampa que existe en el mundo.  

Sara se asustó al oír esas palabras. Había visto las trampas caseras que construían Jason y Billy Y había liberado a muchos de los ratoncitos, ardillas y pájaros que ellos gozaban capturando. La idea de que alguien la hiciera caer en una trampa la aterrorizaba.  

– ¿Una trampa? ¿A qué te refieres, Salomón?

Verás, Sara, cuando tu felicidad depende de lo que otras personas hagan o dejen de hacer, estás atrapada, porque no puedes controlar lo que piensen o hagan. Descubrirás la auténtica libertad – una libertad que ni siquiera imaginas cuando descubras que tu felicidad no depende de otros. Tu felicidad sólo depende de aquello a lo que decidas prestar atención.   

Sara escuchó en silencio mientras unos gruesos lagrimones rodaban por sus sonrosadas mejillas.  

En estos momentos te sientes atrapada porque crees que no pudiste haber reaccionado de forma distinta ante lo ocurrido. Cuando ves algo que te hace sentir incómoda, reaccionas de acuerdo con las circunstancias. Crees que sólo puedes sentirte mejor si las circunstancias son mejores. Y como no puedes controlar las circunstancias, te sientes atrapada.  

Sara se enjugó el rostro con la manga. Se sentía profundamente turbada. Salomón tenía razón. Se sentía atrapada. Y deseaba liberarse de esa trampa.    

Sigue practicando el sentimiento de aprecio, Sara, y no tardarás en sentirte mejor. Iremos resolviendo el tema poco a poco. Ya lo verás. No te costará comprenderlo. No dejes de divertirte. Mañana proseguiremos nuestra charla. Que descanses.  

Texto sacado de “El libro de Sara” de Esther y Jerry Hicks

 

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