Traigamos un nuevo mundo, dejemos ir con amor al viejo

El ego es extremista, se aferra a una imagen, opta por el conflicto y en definitiva, es un tonto reincidente. “Prefiere tener razón a ser feliz”, como leí por ahí.

Nuestro ser esencial es un genio, un alquimista, un artesano. Es capaz de transformar y de recuperar el equilibrio cuando la personalidad nos toma. Gracias a “él” volvemos a darnos cuenta de lo prioritario y conectamos con lo necesario. No tiene sentido quedarnos mucho tiempo en ese extremo que nos hace infelices.

Que lo seres humanos seamos tan adictos al conflicto no es una novedad. Adictos a ver culpables, adictos a no hacernos responsables, adictos dejarnos llevar diariamente por lo que nuestras locas ideas sin corazón nos dictan.

¿Cuándo seremos capaces de frenar el sufrimiento? ¿Cuándo dejaremos de vengarnos? ¿Cuándo comprenderemos que los que más padecimiento generan son los que más padecen? No para justificarlos. Hay que poner un límite si es necesario. ¡Claro! Pero… ¡Qué poco sentido tiene agregar sufrimiento al sufrimiento! ¡Qué poco sentido tiene vengarse! ¡Qué poco sentido tiene vivir tapando síntomas, sin nunca agregar a eso la creación de nuevas causas que generen efectos novedosos! ¡Qué pocos nuevos resultados origina nuestra mirada arrogante y moralista!

¡Es tan fácil de mirar! ¡Es como si estuviéramos ciegos!

Cuando maltratamos a quien maltrata, este reafirma su convicción más que nunca: “¡El mundo es una porquería y por eso voy a seguir dándome la licencia de ser un déspota! Perdido por perdido como estoy. Muerto en vida como estoy… ¡Qué me importa el otro! ¡Si ni siquiera me importa lo que vaya a pasar conmigo!”.

Han atravesado el umbral de la “psicopatía”, han encerrado en una cámara frigorífica a su corazón, han definido con toda certeza que la existencia de la vida humana no tiene sentido alguno.

A nivel profundo… ¿Será que quienes nos ponemos en el lugar de justicieros y moralistas somos lo que en última instancia propagamos las acciones destructivas, al moralizar constantemente a los “malvados”? Es decir, ¿seremos nosotros los verdaderos “victimarios”? ¿Esos que por tratar a los verdugos como los tratan, hacen que los verdugos sigan existiendo y por lo tanto también el daño?

Por si hay alguien despistado, no me refiero a que no haya formas de reparación. Hablo de todo lo demás que hacemos con los “criminales”, tanto interna como externamente. Solo por satisfacer el erróneo instinto de venganza que traemos de nuestros antepasados. Sabemos muy bien lo que es la venganza: que quien hizo sufrir, sufra. Como mínimo, lo que hizo sufrir.

Como si eso hubiese generado algún cambio en la humanidad.

¿Quién puede replantearse realmente algo cuando todo el mundo te mira como la peor lacra sobre la faz de la Tierra?

El sentido común lleva a suponer que es al revés. Que un tipo de conducta puede consolidarse así. Generando más sufrimiento. Para sí y para los familiares del acusado, que pasan el resentimiento de generación en generación.

¿Será que lo macro funciona de igual modo que lo micro? Así como cuando queremos destruir nuestras emociones “negativas” y estas persisten hasta que logramos amarlas.

Con o sin cárceles. Con o sin psicofármacos. Si no hay amor en el proceso, no hay verdadera sanación.

El límite sin amor es autoritarismo, castigo y represalia. Solo el límite que contiene amor es el que trasforma.

Y no nos diferenciamos tanto: de los que en teoría mueven los hilos del mundo y tienen casi toda la riqueza, que todavía aspiran a una felicidad futura a través de la ambición y de una voracidad patológica que arrasa con todos y todo.

Y no nos diferenciamos tanto: de los empresarios capitalistas que exprimen la naturaleza hasta destruir el planeta, que tienen todos los medios de comunicación a su favor para lavar los cerebros de una masa miedosa que escapa de su vacío existencial a través del consumismo.

Y no nos diferenciamos tanto: de los gobernantes socialistas que prometen a quienes están en situación de pobreza sacarlos de esa condición mientras los hunden más y más, mientras ellos no tienen límites para aumentar sus sueldos, con los impuestos de un pueblo.

Y no nos diferenciamos tanto: de las iglesias que condenan la riqueza y la sexualidad… y están llenas de dinero y pedofilia.

Y no nos diferenciamos tanto: de quien mata, viola, abusa, roba.

Porque somos ignorantes. Que es lo mismo que decir: aún no sabemos ser plenamente felices. Nos olvidamos del karma inmediato: todo lo que doy, me lo doy; y ahí donde abuso de los demás, estoy siendo infeliz. ¡En el mismo momento! ¡No mañana ni en otra vida!

Porque dejamos que el ego sea nuestro amo. Nos ponemos extremistas, fanáticos. Adoptamos un rol inamovible. O nos vamos al exceso de energía masculina. Esto es: somos autoritarios, arrogantes, abusadores, victimarios. O nos vamos a un exceso de energía femenina. Esto es: somos sumisos, débiles, víctimas… estamos a la deriva.

Porque somos incoherentes: pensamos una cosa, sentimos otra, hacemos otra y decimos otra.

Porque seguimos apostando toda la plenitud a un futuro, a la conquista de “tal cosa”. Y menospreciamos cada presente.

Porque en algún lugar de nosotros seguimos pensando que el poseer una gran cantidad de dinero, tener poder o ser famosos nos daría la tan preciada felicidad. Así como lo creen esos “grandes” dueños de corporaciones y políticos del mundo.

Porque somos corruptos en las pequeñas acciones. Ridiculizamos la honestidad y pensamos que nos llevaría a la marginalidad (en un amplio sentido). Muchos de los que están a nuestro lado harían exactamente lo mismo que hacen quienes están en las “grandes” posiciones de poder si estuvieran en sus lugares. Es una simple cuestión de acceso y nada más.

Cambia el grado, cambia lo estruendoso de las acciones. Pero el germen es el mismo.

Quizás, si hoy decidimos ser otra semilla, un nuevo mundo pueda llegar a florecer.

Porque resonamos los unos con los otros.

No cambiamos por obligación, por mandato.

Cambiamos cuando nos damos cuenta de lo que ya no es necesario.

Y lo soltamos. Y volvemos a intentar, esta vez con el corazón como centro de nuestras decisiones.

Cambiamos por mimetismo. ¡Somos contagiosos! Nos mimetizamos ante el miedo o el Amor que mueve a los demás.

Poner un pie en el nuevo mundo, amando este. Ese es el camino.

Para ello, no es necesario dar con esfuerzo. Ese es un dar religioso. Hay un entregar que es esencial. ¡Hay un aportar con el que te das a vos mism@ al mismo tiempo que generás un beneficio para los demás! ¡Hay un dar que es felicidad, que transforma: a quien se declaró destinado a la indigencia, al ciudadano consumista de a pie y al dueño de la multinacional ambicioso!

Ignacio Asención
https://www.facebook.com/IgnacioGabrielAsencion/posts/10218247684084043

 

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