El simio y las bananas

“Había una vez un mono que descubrió en una conversación que existía algo llamado bananas.
Esta información estimuló su afinidad innata por las bananas.
Durante años soñó con el día en que podría comer una.

Con el correr del tiempo, un racimo de plátanos se cruzó en su camino.
Comerlos fue una experiencia sublime,
tan maravillosa como había imaginado que sería.

Pero desde ese día en adelante fue infeliz:
Decidió que nunca más tendría la oportunidad de semejante estímulo,
expectativa
y plenitud
como las que habían quedado atrás.

Debido a esta creencia, vivir con el simio se volvió imposible.
Finalmente se recostó, y murió”.

A veces has oído hablar de algo que parece ser sublime, que podría cambiarte la vida.
Como el amor.
O la iluminación.
Esta información estimula nuestra tendencia innata por el amor o la iluminación,
porque ya somos eso, aun sin saberlo.

Quizás te entregas a investigar en el Dharma o cualquier otra propuesta espiritual,
porque intuyes que el único sentido de esta experiencia humana consiste en despertar
y liberarte para siempre de la ignorancia que te mantiene a merced del miedo y el sufrimiento.
Te entregas a ello en cuerpo y alma, con una profunda fe y confianza.

Aunque nunca hayas visto una banana,
o experimentado esta plenitud de la liberación,
sabes que existen.
Y dedicas tu vida a su búsqueda.

Esa convicción te da una enorme energía.
Vas creando las condiciones si siquiera darte cuenta,
vas siguiendo las pistas.
Y un día aparece.
La banana.

Tu pequeño mundo conocido se cae en pedazos
y descubres que no hay vértigo, ni caída, ni muerte.
El escenario de cartón piedra (que tú creías tan real)
se pone patas arriba creando imágenes desternillantes
y estallas en una sonora carcajada.

Tanta ansiedad sin motivo.

Nunca antes habías sentido una experiencia similar de gozo y liberación
como ésta,
de no-miedo,
de amor profundo.
Y, efectivamente, te cambia la vida,
en este instante eterno.

Ya nada es igual.
Y así sigue siendo conforme van cayendo las hojas del calendario oficial de papel.
Como si ya se hubiera estabilizado para siempre.
Este despertar ya no tiene marcha atrás.

O sí.

Un día, de repente,
parece que has empezado a olvidar el sabor de la banana.
Y da igual cuántas bananas encuentres
(en la meditación, en rituales sagrados, en situaciones propicias),
empiezas a pensar que ya nunca será igual,
que la primera banana era única.
Que nunca más se va a repetir.
Pierdes la confianza.
Pierdes la fe.
Algunas personas lo llaman “la noche oscura”.

Pero ya no te interesa otra clase de vida, si no es aquélla.

He oído sobre algunas maestras y maestros espirituales
que, después de perder la “gracia”,
se han sumido en el alcoholismo, o en las drogas, etc.
Buscando la banana.
A veces hasta morir,
de indiferencia, tristeza y desesperación,
como el simio de la fábula.

Pero la mayoría, por lo que sé, acaban entregándose a lo que es
y aceptando humildemente lo que aparece.
En muchos casos,
el infierno de “la noche oscura” les conduce a superar la dualidad
de gozo/sufrimiento,
iluminación/ignorancia, etc.

Y quizás, esta vez sí,
esta vez descubren que el sabor de la banana está en todas parte,
porque está dentro de sí.

Puedes cambiar el nombre y aplicar la fábula a la experiencia del amor
o a cualquier otra vivencia intensa, de plenitud.
Cuando después de paladearla por primera vez, esa catarsis,
decides que ya nunca será igual.
Y la falta de confianza te conduce a la amargura,
hasta morir.

Como el simio de la fábula.

http://reflexionesdeunaestudiantebudista.blogspot.com/2018/07/el-primer-simio-y-las-bananas.html

 

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